miércoles, 15 de octubre de 2014

No puedo ser tu amigo

Sin percatarme de que forma exacta, camino. Voy andando por una calle que creo conocer. Conchilla y tierra algún árbol lindando la casa que está a mi derecha. ¿Qué hay delante? ¿Qué hay detrás?
Una casa a mi derecha.
Parece un caracol, o mejor dicho las paredes que anteceden a las rejas de entrada tienen la forma de la proporción aurea. El suelo una vez que se cruza es de baldosas blancas. Las paredes abiertas, que encierran la casa, se abren dos veces: una de las aberturas es grande, como si fuese un garage y la otra es más pequeña. Me acerco y veo que la casa tiene rejas verdes, que tiene una ventana muy llamativa, parece acogedora, tiene plantas con flores rojas en macetas, tiene un pequeño porche con un pequeño camino, un perro y un tigre. Los guardianes.
Me acerco más y esquivo una copa de vino tinto que está en medio de la abertura grande. Ahora, me encuentro en ese punto intermedio entre las rejas del paredón caracol. El tigre me mira, ni bien ni mal. Me mira. Me impresiona, se hace respetar. El perro está al lado, a su izquierda, es negrito flaco, parece de la calle.
No me atrevo a acercarme más a la reja, algo me rechaza, o no me deja entrar. Siento esa fuerza magnética, ese fluir invisible. Quiero salir y la copa de vino no me lo permite. Sé que no puedo tocarla. Parece enorme, del tamaño de un niño, es una presencia viva. La fuerza invisible se hace cada vez más notoria, no puedo salir. Soy consciente de mi estado de somnolencia. Sé que no puedo despertar. NECESITO despertar.
Entre insultos y zamarreos despierto. La vela está ahí y continúa ardiendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario