lunes, 29 de septiembre de 2014

Carne-tierra

Salí, lo juro con la más extrema cautela.
Nadie me ha visto. Ni siquiera lo han intuido. No está lejos de aquí.
A unos dos o tres kilómetros río-sangre arriba el experimento se encuentra concluido.
La carne-tierra lo ha soportado bien.
Esta mañana o ayer salí precavidamente. Sé que nadie me ha visto porque con mucho trabajo avancé unos pocos metros en varias horas. Creo que la isla-cuerpo está deshabitada, excepto por mí, pero no dejo de ser precavido.
Trepé por los acantilados hasta alcanzar la cima de los huesos cubierto de hojas verdes y húmedas. Desde lejos pueden haber visto una mata que rodaba. Nadie sabrá nunca jamás la ubicación exacta.
Pero como sabés, como sé, siempre hay un ojo vigilante: Dios.
Dios es un pájaro.
En cuanto alcancé la cima de la montaña me despojé de las hojas las oculté velozmente  devolviéndolas con sus hermanas. Me dispuse a entrar en la boca-cueva.
El grito me heló. Sentí - supe - que todo mi plan estaba condenado. Viralmente el mundo entero conocería mi secreto.
El grito no cesaba.
Dios no paraba de cantar, gritar, martillarme los huesos y el cerebro diciendo una y otra vez sin cansarse:
Teví-teví-teví-teví-teví-teví-teví.
Pasaron muchos días, tal vez años. No tiene principio ni fin. No sé si funciona. He reusado a continuar con el experimento hasta poder callar al pájaro.
La solución simple y sencilla mas endemoniadamente tortuosa: algo que no se utiliza no existe.
Continúo la cacería pues esta es una lucha mortal de la que sólo saldrá victorioso uno. El hombre o Dios.
Hacé tu apuesta.

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