sábado, 23 de noviembre de 2013

Yo, Ronald



Un poco de amor y todo cambiaría más sonrisas habría y menos corchazos impactarían. Ese que soy a veces, ese que apenas ve, que pierde su cabeza, ese que apenas respira, que es golpeado, ultrajado, violado, insultado, escupido, colgado. Siempre, pero siempre se levanta a pesar de que le falte aire, de estar con 40 grados de calor, de recibir duros golpes, de no tener amor.

La sonrisa dibujada, las acciones imprecisas. Agotado de intentar... el ánimo del guerrero me envuelve el nagual me llama y respondo el llamado con abandono y control. Pasada la hora mágica... los golpes duelen, pero más daño me hace todo lo que me falta.

Bajar el cierre, liberarse y que junto con calor se escurra el poder, volver a la mortalidad y que el aire fresco ingrese y con él las miradas frías. No importa que te haya gustado o no, a mi me gusta hacerlo, lo hago por mi. Pero, duele, que no aceptes mi regalo, mi entrega.

Empapada la ropa en el suelo, teñida de riesgo (porque es riesgo te guste o no) se moja un poquito más y no por las deficientes cañerías del Argentino, sino por la angustia en forma de lágrimas. Salgo, pero ya no tengo la cabeza ni la sonrisa dibujada.

Ya.

Ya no tengo nada.

Los amigos, camaradas y compañeros igual de rotos, igual de incompletos me reciben en sus corazones. Poesía es pura vida, poesía es puro amor.

Equivocarse es aprender de la forma más dolorosa.

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