jueves, 6 de diciembre de 2012

Plaza Once



Patinó, resvaló, cayó. Se hundió junto a los recuerdos en el bolsillo. Acurrucado. Allí, ahí, junto a los boletos que marcaban la fecha y la hora, veía las fotos hechas de memorias; acurrucado sobre los pechos fotográficos de una rubia con sonrisa de plata y piel de luna. Acurrucado sobre un recuerdo de papel.
La nostalgia de la corrección no realizada, del ahora ya no más, del cambio. Nostalgia, melancolía de lo que no fue, de lo que no supo controlar, de lo que manejó de forma errónea y desencadenó su por venir.

Pena.

No sospechaba que su corazón estaba uniformado de pena, cubierto con esa ropa vieja sucia y maloliente. Creía, él, que era de un rey que lleva su frente en alto y ha conquistado tierras en las que vive, en los demás. Pena, no era otra cosa más que pena lo que cargaba su corazón, su mente, su ser entero, eterno.
"Por no querer escuchar, por no entenderla, terminé no oyendo nada." - se dijo en voz baja - "Por no saber hablar terminé representando un soliloquio, que ni siquiera supe escuchar. Ahora ya es tarde, no hay una boca tierna y ni dispuesta a besar ni a comunicarse. Ahora es tarde ya, el miedo y la vergüenza me dominan. Ya es tarde ahora."


Sin embargo cuando se presenta la oportunidad por debajo de la tierra escapa del viejo subte y sube corriendo las escaleras, a su izquierda, la eléctrica atestada de gente que nunca mira. Son todos ciegos. Pero él sube corriendo, a paso veloz cruza el pasillo. Se detiene en el kiosco, escaleras abajo y compra algo, quizás mentas y algún chocolate. Rápido recoge el vuelto y sube unas largas escaleras... tantos peldaños, tantos altos peldaños: un paso, otro paso, un nuevo paso, y otro y otro más y otro hasta que el sol comienza a enceguecerlo. Un poco ciego ya, temblando está de nuevo ahí, precavido, estremeciéndose ante la situación. Pensando, fantaseando, acribillándose con ilusiones. Herido por las miradas imaginarias, despectivas, frías, distantes y los labios ni hablar... mil besos que no son, mil besos que desearía que fuesen y los minutos que pasan, que corren sólo en los relojes y en los metros que el tren avanza por los desgastados rieles. El tiempo para él no se mueve, ella no llega, ni lo hará nunca.
La espera. La espera en la plaza apestada por los puestos de comida, por las putas morenas, por los chorros y los desprevenidos. La gente que va y viene ,con carritos llenos y vacíos. Carritos empujados por mujeres gordas abarrotadas de enormes bolsas negras, genéricas, cortadas a tijera, abultadas hasta reventar con las prendas recién compradas.
Sumale un minuto más a la hora y otro. Los nervios, la caminata, las miradas que le perforan la nunca, las manos, junto con las invitaciones por parte de las trabajadoras diurnas, los cafiolos que cuidan, los ladrones que esperan el momento justo, el desprevenido que cruza la plaza, el viejo, el joven, el chico, la chica, todos convergen y por un momento son la plaza. Junto con él, que pierde su estado de nada y es uno con todo, es la plaza y la espera. Sumale un minuto más.
Atestada la plaza. Ve la gente cruzar la calle que da a la estación, el corazón bombea a mil, la respiración se acelera y las neuronas conectan y comparten los millones de impulsos eléctricos que luego serán imágenes internas, ilusiones molestas sin otro propósito que el daño autoinfligido.
Caras y cuerpos, diez caras, cincuenta caras, cien caras, quinientas caras nuevas frente a sus ojos hasta que de entre todas surge una conocida. Se toma un respiro hondo, espera un momento y camina hacia ella. La cara blanca como la leche, con su pelo rubio, rojizo, suelto, largo, larguísimo; ya puede sentir el perfume.

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