martes, 18 de diciembre de 2012

Multiplicidad


Multiplicidad de...
ojos
bocas
mejillas
Multiplicidad de...
labios
lenguas
saliva
Multiplicidad de...
egos
cuerpos
espíritus
Multiplicidad de...
tormentos
agonías
dolores
Multiplicidad de...
vínculos
juegos
alegría
Multiplicidad de...
sexo
caricias
orgasmos
Multiplicidad de...
muertes sin sentido, sin propósito.

Ojos


Esos ojos que me miran, esos ojos que ven hacia arriba, abajo, adelante, al costado. Esa mancha, paloma, avión, muerte, alegría.
Final de la tristeza.
Esos ojos... que me recuerdan.
Esos ojos que me fuerzan a saber que no soy yo sino otro.
Otro ser, otro distinto.
Otro.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Gotas


Escucho como las gotas caen. Ondas que se queda pegadas al aire,
aire que no ingresa en mis pulmones, aire donde viajan las gotas agudas y alegres desconociendo su propio sufrir. Tengo las manos en blanco y negro.
Ya no soy más que un viejo, un recuerdo, una pesadilla, un débil comentario. Ya no soy más que un pequeño pulso eléctrico concatenado entre neuronas distantes, bajo el cabello de una rubia, turbia que no me olvida, que no la olvido. Que seré eterno entre sus conexiones físico-químicas.
Se apresuran las gotas al caer mientras se alejan y se acercan.

Paran.

Monólogo de recursión

Es difícil abrir la puerta, pedir un beso. Qué va... me es difícil. Me es difícil abrir los ojos por la mañana, cuando voy recuperando poquito a poquito - saboreando los detalles - los recuerdos. Intento créeme  intento recordar que hice ayer y al final lo consigo; pero nunca es como fue ayer, parece que siempre es una película que de momento ha sido buena pero que hoy... bueno hoy no es mala pero es distinta, todo es diferente sobre todo yo.

El humo se transforma en tabaco ¿No? No, al revés, era al revés pero sube y escapa por mis manos. Pero sube, sube... Los colores que lanzas me con tus ojos llegan me hasta el alma, pobre mi almita que te suspira cada noche y cada mañana respiro tu ausencia, pero por suerte el humo sube y danza al rededor.
Te amo, niña, te amo. Pero haces me polvo el cuerpo y mi cerebro. Ángel no podría explicarte que es lo haces me sentir cada vez que estás lejos y menos aún cuando estás conmigo; que no hay suficiente tinta en el mundo para escribirlo tan bonito como quiero. Claro que tampoco me quedaría recordándote sino que preferiría quedarme viviéndote too el tiempo que pueda.

Creo que pido algo simple, algo bastante simple en realidad mas no cabe en mis manos la posibilidad siquiera. Pero el sueño siempre está y estará. Hasta que una mañana no me sea difícil abrir la puerta, no desee pedir nada porque no habrá nada que pedir y abrir los ojos cada mañana y recordar todo de un soplo y que todo sea diferente, que todo sea distinto... sobre todo yo.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Plaza Once



Patinó, resvaló, cayó. Se hundió junto a los recuerdos en el bolsillo. Acurrucado. Allí, ahí, junto a los boletos que marcaban la fecha y la hora, veía las fotos hechas de memorias; acurrucado sobre los pechos fotográficos de una rubia con sonrisa de plata y piel de luna. Acurrucado sobre un recuerdo de papel.
La nostalgia de la corrección no realizada, del ahora ya no más, del cambio. Nostalgia, melancolía de lo que no fue, de lo que no supo controlar, de lo que manejó de forma errónea y desencadenó su por venir.

Pena.

No sospechaba que su corazón estaba uniformado de pena, cubierto con esa ropa vieja sucia y maloliente. Creía, él, que era de un rey que lleva su frente en alto y ha conquistado tierras en las que vive, en los demás. Pena, no era otra cosa más que pena lo que cargaba su corazón, su mente, su ser entero, eterno.
"Por no querer escuchar, por no entenderla, terminé no oyendo nada." - se dijo en voz baja - "Por no saber hablar terminé representando un soliloquio, que ni siquiera supe escuchar. Ahora ya es tarde, no hay una boca tierna y ni dispuesta a besar ni a comunicarse. Ahora es tarde ya, el miedo y la vergüenza me dominan. Ya es tarde ahora."


Sin embargo cuando se presenta la oportunidad por debajo de la tierra escapa del viejo subte y sube corriendo las escaleras, a su izquierda, la eléctrica atestada de gente que nunca mira. Son todos ciegos. Pero él sube corriendo, a paso veloz cruza el pasillo. Se detiene en el kiosco, escaleras abajo y compra algo, quizás mentas y algún chocolate. Rápido recoge el vuelto y sube unas largas escaleras... tantos peldaños, tantos altos peldaños: un paso, otro paso, un nuevo paso, y otro y otro más y otro hasta que el sol comienza a enceguecerlo. Un poco ciego ya, temblando está de nuevo ahí, precavido, estremeciéndose ante la situación. Pensando, fantaseando, acribillándose con ilusiones. Herido por las miradas imaginarias, despectivas, frías, distantes y los labios ni hablar... mil besos que no son, mil besos que desearía que fuesen y los minutos que pasan, que corren sólo en los relojes y en los metros que el tren avanza por los desgastados rieles. El tiempo para él no se mueve, ella no llega, ni lo hará nunca.
La espera. La espera en la plaza apestada por los puestos de comida, por las putas morenas, por los chorros y los desprevenidos. La gente que va y viene ,con carritos llenos y vacíos. Carritos empujados por mujeres gordas abarrotadas de enormes bolsas negras, genéricas, cortadas a tijera, abultadas hasta reventar con las prendas recién compradas.
Sumale un minuto más a la hora y otro. Los nervios, la caminata, las miradas que le perforan la nunca, las manos, junto con las invitaciones por parte de las trabajadoras diurnas, los cafiolos que cuidan, los ladrones que esperan el momento justo, el desprevenido que cruza la plaza, el viejo, el joven, el chico, la chica, todos convergen y por un momento son la plaza. Junto con él, que pierde su estado de nada y es uno con todo, es la plaza y la espera. Sumale un minuto más.
Atestada la plaza. Ve la gente cruzar la calle que da a la estación, el corazón bombea a mil, la respiración se acelera y las neuronas conectan y comparten los millones de impulsos eléctricos que luego serán imágenes internas, ilusiones molestas sin otro propósito que el daño autoinfligido.
Caras y cuerpos, diez caras, cincuenta caras, cien caras, quinientas caras nuevas frente a sus ojos hasta que de entre todas surge una conocida. Se toma un respiro hondo, espera un momento y camina hacia ella. La cara blanca como la leche, con su pelo rubio, rojizo, suelto, largo, larguísimo; ya puede sentir el perfume.