domingo, 8 de julio de 2012

Fiesta de cumpleaños

Siento como por mi garganta para el tibio, pero refrescante líquido. Las pocas burbujas que le quedan estayan entre mi lengua y mi paladar duro, arden.
Siento como el azúcar, espesa por la temperatura, baja por mi garganta. Un veneno que me engorda.
Al pasar la lengua por la comisura de mis labios siento la hueya de los chizitos, los manices y las papas fritas. Sobre mi vestidura pueden verse vestigios de ese efímero paso, de ese vuelo que propocionaron mis manos desde su efímero reposo en una compotera de vidrio o metal hasta mi boca. Atrás quedaron ya los palitos que siempre se toman últimos, pero se comen igual, como si nos obligaran a ello.
La fiesta de cumpleaños pasó, pero todo ese papel picado, esas maracas con sus formas azarosas, ese despilfarro superfluo de dinero quedará guardado en la bóbeda temporal de nuestra memoria, por un año hasta que el ritual se repita así mismo. Pero si bien nuestra memoria es limitada, el cuerpo no y todas esas calorías innecesarias quedarán alojadas en nuestras barrigas, nuestros mofletes, colas, muslos y brazos por varios años hasta que un día no seremos más que la memoria andante de las muchas festividades que hemos pasado y será ese el momento en que nuestros kilos, nuestra grasa insípida que aleja a posibles parejas, esa misma grasa nos recordará los bellos e insignificantes momentos pasados con nuestros seres queridos, con nuestra familia.

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